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La comprobación llegó cuando alguien quiso elogiarla: seis años de la falsa superviviente del 11-S

Un atril vacío con un micrófono frente a filas de sillas plegables vacías

Durante seis años, la persona que hablaba en nombre de los supervivientes del 11 de septiembre no había estado allí. Presidía su asociación, daba entrevistas, guiaba visitas por la Zona Cero y contaba lo que había visto en la planta 78 de la torre sur.

Nadie lo comprobó. Y la razón por la que finalmente se comprobó es la parte que conviene mirar despacio, porque dice más del periodismo que del engaño.

Cómo se descubrió

En septiembre de 2007, por el sexto aniversario, The New York Times buscaba un perfil inspirador. Varios miembros de la asociación de supervivientes recomendaron a su presidenta.

O sea: la investigación no empezó como una investigación. Empezó como un elogio.

Al hacer las comprobaciones rutinarias que se hacen antes de publicar un perfil, nada encajaba. Merrill Lynch, la empresa donde decía haber trabajado, no tenía constancia de ella. Harvard, donde decía haberse graduado, tampoco. La familia del prometido que decía haber perdido en la torre norte no la conocía. El reportaje salió en portada el 27 de septiembre de 2007 con un titular que lo decía todo: las piezas no encajan.

Se llamaba Alicia Esteve Head, era de Barcelona y el 11 de septiembre de 2001 estaba en su ciudad, haciendo un máster. Nunca había pisado las Torres Gemelas.

La pregunta incómoda no es por qué mintió

Esa la contesta bien cualquiera: no se sabe. No hay pruebas de que se enriqueciera. Se ha hablado de necesidad de reconocimiento y de pertenencia, y todo eso son hipótesis.

La pregunta incómoda para quien trabaja con información es otra: ¿por qué hicieron falta seis años y un elogio para que alguien mirara?

Y la respuesta es que, durante esos seis años, absolutamente nadie tenía un incentivo para comprobarlo.

La asociación de supervivientes necesitaba una portavoz que hablara bien en público y que se dedicara en cuerpo y alma. La tenía. Los medios necesitaban una cara y un relato con principio y final para contar algo tan enorme. La tenían. Los periodistas que la entrevistaban recibían un testimonio, no una afirmación que verificar: cuando alguien te cuenta lo que vivió, pedirle papeles es una grosería.

Todos los mecanismos que normalmente detectan una mentira estaban apagados, y estaban apagados por decencia.

Dónde se ancló la historia falsa

Esta es la parte técnica del engaño y explica por qué aguantó tanto.

En su relato aparecía Welles Crowther, el joven del pañuelo rojo que sí existió, que sí salvó a varias personas aquel día y que sí murió haciéndolo. Ella decía que él la había guiado hasta la salida.

Una historia inventada que se apoya en una historia documentada hereda su credibilidad. Quien quisiera dudar de ella tenía que empezar dudando de un hombre cuya heroicidad está probada, y nadie quiere ser el que hace eso.

El mismo mecanismo aparece en casi todos los bulos que duran: no se sostienen solos, se enganchan a algo cierto y verificable que hace de aval.

Qué se puede sacar de esto sin quedar como un cínico

No es «desconfía de los testimonios». Eso es inservible y además es falso: la inmensa mayoría de la gente que cuenta lo que le pasó dice la verdad.

Es más concreto y más incómodo:

Cuanto más conmovedora es una historia, menos se comprueba. Y eso lo sabe el que la fabrica. El sesgo no está en el lector: está en el momento de la redacción en que alguien decide que pedir una verificación sería quedar mal.

La comprobación tiene que ir al principio, no cuando la persona ya es importante. Aquí llegó cuando ya presidía una organización. A esas alturas, desmentirla no destruía solo su relato, sino la confianza de mucha gente que la había apoyado.

Que alguien haya salido en muchos medios no es una fuente. Es la trampa más repetida. Cada entrevista que le hacían aumentaba la sensación de que ya estaba verificada, y ninguna lo había hecho. La autoridad se construyó por acumulación de apariciones, no por comprobación.

Por qué vuelve ahora

Porque hoy se cumplen veinticinco años y porque acaba de estrenarse un documental sobre el caso. Ya hubo otro en 2012.

Y merece la pena señalar algo del propio caso convertido en documental: la historia falsa terminó siendo una historia verdadera y muy contada, que es exactamente lo que ella buscaba. No hay una lección limpia ahí, y conviene no fingir que la hay.

Lo único que queda en pie es lo de siempre y lo aburrido: quién cuenta esto, de dónde lo sabe y si alguien lo ha comprobado alguna vez. Repetida suficientes veces, una historia acaba ocupando el sitio de la verdad aunque no lo sea.

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