Ha muerto Juan Tamariz y hoy no voy a despellejar a nadie. Casi.
Tenía 83 años. Se fue el martes en Madrid, por causas naturales. Y lo que quiero contar no es su biografía, que la tienes en cualquier sitio, sino una cosa que dice bastante de la televisión que tenemos.
Un tipo lento en horario de máxima audiencia
Tamariz se hizo enorme en televisión con Tatatachán y con Un, dos, tres. Y lo hizo haciendo exactamente lo contrario de lo que hoy te dirían que hay que hacer para retener a un espectador.
Se tomaba su tiempo. Se paraba a explicar. Se reía de sí mismo, hablaba con la gente, volvía atrás si hacía falta. Nada de su número estaba diseñado para que no cambiaras de canal en los tres primeros segundos, porque su número estaba diseñado para otra cosa: para que te quedaras.
Aquello funcionaba, y funcionaba con millones de personas delante.
Lo que vino después
Ahora prueba a colocar hoy a un señor haciendo un juego de cartas de siete minutos en una televisión generalista. Te van a explicar que el espectador no aguanta, que hay que trocearlo, que lo suban a vertical, que empiece por el final y que ponga un rótulo cada cuatro segundos por si alguien mira el móvil.
El espectador no ha cambiado tanto. Lo que ha cambiado es quién decide, y con qué métrica. Cuando lo que se optimiza es el segundo siguiente, lo que se pierde es cualquier cosa que necesite construirse. Y la magia, que consiste literalmente en construir una expectativa para romperla, es de lo primero que se cae.
La parte que no se copia
Se le llenó de imitadores en su momento, y ninguno duró. No por falta de manos: porque lo suyo no eran las manos. Era el trato. Un tipo que llevaba el oficio con esa alegría, que enseñaba lo que sabía en libros y en una escuela en vez de guardárselo, y que trataba al público como si fuera listo.
Eso último es lo raro, y es lo que hoy más se echa de menos en una pantalla.
No tengo nada más. Sesenta años haciendo bien algo dificilísimo, sin un mal gesto, sin vender enfado y sin necesidad de que nadie se pelease en un plató para que la gente lo viera. Que se pueda decir eso de alguien que salió tanto en televisión es casi tan difícil como lo que hacía con las cartas.
Fuente: Cadena SER.