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«Okupas en chabolas»: la etiqueta que borró un pueblo entero y aguantó 170 años

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«Pobres okupas viviendo en chabolas.» Esa era la idea que circulaba en Nueva York a mediados del siglo XIX sobre la gente que vivía en el terreno donde se iba a construir Central Park. Lo cuenta la propia Central Park Conservancy, que hoy la califica de idea equivocada.

«Okupas en chabolas»: la etiqueta que borró un pueblo entero y aguantó 170 años

Equivocada, sí. Pero funcionó. Vaya si funcionó.

Lo que decían los papeles

El sitio se llamaba Seneca Village y llevaba en pie desde 1825, cuando un limpiabotas, Andrew Williams, compró tres parcelas. En el censo de 1855 vivían allí unas 225 personas: dos tercios negras, un tercio irlandesas, alguna familia alemana. Tres iglesias. Una escuela. Un cementerio.

Y ahora el dato que revienta la etiqueta, porque no viene de una crónica ni del recuerdo de nadie, sino de la ley. Para votar en el estado de Nueva York, un hombre negro necesitaba desde 1821 acreditar 250 dólares en propiedades y tres años de residencia. A los blancos les habían quitado ese requisito. De los cien neoyorquinos negros que tenían derecho a voto en la ciudad en 1845, diez vivían en Seneca Village.

Léelo otra vez. Para figurar en aquel censo electoral había que ser propietario con papeles. Diez de los cien votantes negros de Nueva York vivían en el pueblo al que llamaban okupas. El registro de la propiedad y el censo electoral desmentían la etiqueta al mismo tiempo, y estaban los dos ahí, disponibles, mientras se repetía.

La técnica: nombrar para poder tirar

Esto no es un despiste de documentación. Es el mecanismo más viejo del oficio: elegir la palabra que convierte a alguien en prescindible antes de que empiece la discusión sobre si es prescindible.

«Okupa» hace tres cosas a la vez, y las hace gratis. Dice que el que está ahí no tiene derecho a estar. Dice que lo que hay que pagarle es nada o casi nada. Y dice que el que lea la noticia no tiene que sentir gran cosa. Ninguna de las tres afirmaciones se argumenta. Van dentro de la palabra, y por eso cuelan.

La operación se cerró con todas las formas guardadas: expropiación forzosa, tasación municipal, indemnización. Muchos vecinos recurrieron la valoración de sus casas. Casi ninguno consiguió que se la subieran. En 1857 no quedaba nadie. En 1858, Olmsted y Vaux ganaron el concurso para diseñar un parque que ellos mismos describieron como un espacio democrático donde se mezclarían todas las clases sociales.

Ciento setenta años de vida útil

Lo llamativo no es que la etiqueta funcionara en 1856. En 1856 funcionaban muchas cosas. Lo llamativo es cuánto duró.

El pueblo estuvo fuera de la historia de Central Park durante más de un siglo. No aparecía en los folletos, no aparecía en los libros de paisajismo, no aparecía en los carteles del parque. Hizo falta que en 2011 un equipo de arqueólogos de Columbia y la City University excavara dos meses y sacara los cimientos de una casa, el mango de hueso de un cepillo de dientes y la suela del zapato de un niño para que la versión oficial se moviera.

Ese es el coste real de una etiqueta bien colocada: hubo que desenterrar objetos del suelo para desmentir un adjetivo que llevaba siglo y medio dado por bueno.

Veredicto

La palabra hizo el trabajo que la piqueta no podía hacer sola. Y sigue en catálogo, en el mismo sitio, lista para el próximo terreno que le interese a alguien. Cuando leas que en un solar hay okupas, chabolas o infraviviendas, para un segundo y pregunta quién tiene las escrituras. La respuesta tarda diez minutos en el registro. La etiqueta tarda ciento setenta años en caerse.

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