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Un titulado que no entiende lo que lee es el mejor lector de bulos

Hay una escena que se repite en cualquier oficina de este país. Alguien comparte un artículo en el grupo. Otro contesta a los cuatro segundos con una opinión rotunda. Un tercero pregunta si lo ha leído y la respuesta llega sin pudor: «he leído el titular». Nadie se escandaliza. Es lo normal.

El economista Santiago Ávila lo ha puesto en palabras que escuecen en una entrevista en Onda Vasca, presentando su libro Tontocracia: «Es la primera vez en la historia que tenemos tanto titulado superior que es analfabeto funcional». Y ahí, si uno se para, hay una idea incómoda para todos los que llevamos años señalando a las noticias falsas.

Qué significa exactamente «analfabeto funcional»

No es no saber leer. Es leer y no entender. Descifrar las letras de un texto y no poder decir qué afirma, qué da por supuesto, qué se calla o de dónde saca lo que dice. Es leer un contrato y no saber qué estás firmando. Leer un titular y creer que has leído la noticia.

Que le pase a alguien que no ha podido estudiar tiene una explicación triste pero clara. Que le pase a alguien con carrera, o con dos, es otra cosa. Significa que se puede pasar por todo el sistema educativo, salir con un título debajo del brazo y no haber adquirido la única destreza que ese sistema debería garantizar: entender lo que uno lee.

Por qué esto nos interesa aquí

Llevamos años montando el mismo relato sobre la desinformación: hay quien fabrica mentiras, las mentiras se propagan, y hacen falta verificadores que las desmonten. Todo eso es cierto. Pero deja fuera la pregunta más incómoda, que es por qué funcionan.

Un bulo no convence porque esté bien hecho. La mayoría están hechos con los pies. Convence porque llega a alguien que no tiene el hábito ni las herramientas de preguntarse quién lo firma, en qué se apoya y qué gana el que lo cuenta. Esas herramientas se llaman comprensión lectora, y no vienen de serie con el título universitario.

El desmentido llega tarde y llega peor

Cuando un verificador desmonta un bulo, publica un texto largo, con matices, con fuentes enlazadas y con condicionales. Es decir, publica exactamente el tipo de texto que un lector con prisa no va a terminar. El bulo, en cambio, cabe en una frase y se entiende sin esfuerzo. La partida está trucada de salida, y no por culpa del verificador.

Las redes no crearon el problema, lo amplificaron

Ávila también apunta a las redes sociales como el megáfono que multiplica el discurso vacío. Es una descripción justa: el megáfono no inventa lo que se grita, lo hace llegar más lejos. Si la mediocridad se ha normalizado, la red no la crea, la reparte.

El título no es la vacuna

Aquí está el punto que más molesta. Damos por hecho que un titulado superior está protegido, y no lo está. De hecho, tiene un problema añadido: la confianza. Quien tiene un título asume que su criterio está formado, y esa seguridad hace que se salte justo el paso que le protegería, que es dudar.

Se ve todos los días. Gente con formación compartiendo estudios que no ha abierto, gráficos sin eje, encuestas sin ficha técnica y titulares que dicen lo contrario que el cuerpo de la noticia. No es mala fe. Es leer por encima y opinar por debajo.

Qué se puede hacer sin dar lecciones

No hay solución mágica, pero sí hay hábitos que separan a quien lee de quien cree que lee:

  • Abrir el enlace antes de opinar. Suena elemental y es la mitad del problema.
  • Buscar quién lo firma y qué hace. No para descalificar, para situar.
  • Comprobar si el titular está en el texto. Muchas veces el titular es una interpretación del redactor de turno, no una afirmación de la noticia.
  • Desconfiar de las cifras sin fuente. Un número suelto no es un dato, es un adorno.
  • Terminar lo que se empieza. El matiz siempre está en el párrafo al que casi nadie llega.

Una idea que sobrevive al titular

La tesis del libro de Ávila es más amplia que la frase que se ha viralizado: habla de una incompetencia generalizada que se ha vuelto costumbre en la educación, la política y la empresa. Se puede discutir el diagnóstico, y probablemente merezca discutirse. Pero el detalle de los titulados que no entienden lo que leen se sostiene solo, y explica muchas cosas de las que aquí nos ocupamos.

Porque la desinformación no vive de que existan mentiras. Vive de que haya quien no sabe distinguirlas. Y eso no se arregla con más verificadores: se arregla enseñando a leer de verdad, que resulta que no era tan obvio como parecía.

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