En 2012, un periodista de Illinois llamado Ryan Smith contó en la radio pública cómo se fabricaba la información de proximidad de medio país. Él trabajaba para una empresa, Journatic, que surtía de noticias de barrio a periódicos de verdad. Actas del pleno, resultados del instituto, la reforma de una rotonda. Lo escribía gente en Filipinas cobrando céntimos por pieza, y salía firmado con nombres estadounidenses inventados. Si vivías allí, leías el nombre de tu calle escrito por alguien que estaba a doce mil kilómetros y no existía.
El programa se llamaba Switcheroo. El Chicago Tribune cortó el grifo, hubo disculpas, hubo titulares sobre la crisis del periodismo local.
Smith puso nombre a aquello: pink slime. Carne separada mecánicamente. Aspecto de carne, cero animal.
Catorce años después, el invento no murió. Se quitó el intermediario.
Mil doscientas cabeceras y ni un teléfono que suene
En agosto de 2020, Priyanjana Bengani publicó en el Tow Center de Columbia el rastreo de una red que casi había triplicado su tamaño en un año: alrededor de 1.200 webs con pinta de periódico comarcal. Nombres con el condado dentro. Cabecera sobria. Secciones de economía local, sucesos, deportes del instituto. Y detrás, un puñado de empresas emparentadas, entre ellas Metric Media, vinculadas al mismo empresario que estaba detrás de Journatic.
Lee otra vez la cifra. Mil doscientas. En un país donde el recuento de la Universidad de Northwestern lleva años documentando el cierre de más de dos mil cabeceras locales desde 2005 y donde los diarios locales vivos rondan el millar y pico. Las webs sin redacción ya empataban con los periódicos con redacción. Puede que los pasaran.
Lo que encontró el rastreo no era propaganda a cara descubierta. Era peor de vender y mejor de colar: montañas de piezas automáticas sin interés (precios de la vivienda, listas de licencias de obra, datos del censo escolar) que dan volumen y credibilidad, y encima, cada cierto tiempo, la pieza que sí importaba. Un perfil amable de un candidato. Un ataque medido a otro. Un asunto municipal contado exactamente como le conviene a quien paga.
Porque alguien paga. La parte que más debería asustarte del asunto no es el robot que rellena, es el pedido. Las investigaciones periodísticas sobre estas redes describieron un sistema de encargos: operadores políticos y clientes con intereses pedían temas, y los temas aparecían firmados como información local independiente. Un publirreportaje sin la etiqueta de publirreportaje. Un panfleto con tipografía de periódico serio.
Y funciona por una razón muy simple: la gente confía más en su periódico local que en los nacionales. Esa confianza sobrevivió al periódico. La red se la quedó.
Ahora ni hace falta Filipinas
La versión 2026 de todo esto se monta en una tarde. NewsGuard mantiene desde mayo de 2023 un rastreador de webs de noticias generadas por IA sin supervisión humana. Empezó con 49 sitios. En poco más de un año pasó de mil. Nombres genéricos que suenan a diario de toda la vida, artículos escritos por un modelo, firmas que son retratos de un generador de caras, y en algunos casos el propio texto de disculpa de la máquina publicado tal cual porque nadie lo leyó antes de darle a publicar.
Aquí no hay conspiración de sótano. Hay aritmética. Una web con nombre de comarca, cincuenta entradas al mes y algo de tráfico local vale dinero: en publicidad programática, en enlaces, en encargos, en rellenar el silencio que dejó el periódico que cerró.
Cómo se destapa una en cinco minutos
No hace falta ser periodista. Hace falta ser pesado.
| Qué miras | Medio con gente dentro | Web de relleno |
|---|---|---|
| Aviso legal | Razón social, NIF, domicilio, contacto | No existe, o solo un formulario |
| Dirección | Un sitio con portal y timbre | Un coworking de otra provincia, o un apartado de correos |
| Autoría | Firmas con histórico y rastro fuera de la web | Firmas sin pasado, o «Redacción» en todo |
| Teléfono | Alguien lo coge | No hay |
| Hemeroteca | Cubre el pueblo hace tres años | Nace de golpe y publica veinte piezas el mismo día |
| Fotos | Propias, con pie y autor | Banco de imágenes o generadas |
En España tienes una palanca extra y casi nadie la usa: la Ley 34/2002 obliga en su artículo 10 a que cualquier web con actividad económica publique quién está detrás, con nombre, domicilio y datos de contacto. No es un detalle de abogados. Es el botón que separa un medio de un decorado. Si una cabecera te habla de tu ayuntamiento y no te dice quién la sostiene, ya tienes la respuesta y no necesitas la segunda pregunta.
Y cuando el aviso legal sí está, mira el domicilio y busca la sociedad. Si la misma empresa figura detrás de once webs de once comarcas distintas que casualmente publican el mismo artículo el mismo martes, no has encontrado once periódicos locales. Has encontrado uno, y no es local.
El truco de estas redes es la escala invisible: cada web parece pequeña y artesanal, y eso es justo lo que las hace inofensivas a la vista. El copiar y pegar solo se ve si abres dos pestañas.
Te dejo el deber de esta semana, que se hace en el sofá. Coge la web que te llega por el grupo del pueblo, la que comparte tu cuñado cuando hay obras o elecciones. Busca el aviso legal. Busca el nombre de quien firma. Llama al teléfono, si lo hay.
Si nadie te coge el teléfono, ni te dicen quién paga, ni existe una persona con nombre que responda por lo que has leído, lo que tienes delante no es el periódico de tu pueblo: es un folleto con maquetación de periódico, y a alguien le está saliendo muy barato.