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Encuestas: te enseñan el margen de error para que no mires la cocina

La noche del 23 de julio de 2023 yo estaba en una terraza con un cuñado que llevaba tres semanas dándome los escaños de memoria. Los había leído en todas partes. PP y Vox sumaban mayoría absoluta en portadas, en tertulias, en horquillas de barras de colores. Tenía el mensaje del grupo de familia ya escrito a las ocho.

A las once seguía sin enviarlo.

PP y Vox se quedaron en 170 escaños. Seis por debajo de los 176. Puedes comprobarlo tú mismo en el portal de resultados del Ministerio del Interior, que es aburridísimo y por eso no lo abre nadie.

Al día siguiente llegó la coartada. La misma de siempre, repetida por los mismos que habían vendido la mayoría absoluta durante un mes: «está dentro del margen de error».

El margen de error mide una cosa muy pequeña, y no es esa

Esto hay que decirlo despacio porque es donde te la cuelan.

El margen de error solo mide el azar de haber elegido a unas personas y no a otras. Y solo es válido bajo un supuesto que en 2026 no cumple absolutamente nadie: que la muestra sea aleatoria de verdad, es decir, que todo el mundo tenga la misma probabilidad de entrar y que todos contesten.

¿Tú contestas cuando te llama un número raro? Yo tampoco.

Cuando de cada cien llamadas contestan cuatro, esos cuatro no son un trocito pequeño de España. Son un tipo muy concreto de persona: la que está en casa, la que tiene tiempo, la que se fía, la que le apetece hablar de política. El margen de error no dice nada sobre eso. Nada. Y sin embargo es lo único que se publica, porque suena a ciencia y ocupa una línea.

Cuando los sondeos británicos reventaron en las elecciones de 2015, el British Polling Council encargó una investigación independiente. La conclusión no fue «mala suerte estadística». Fue que las muestras no representaban al electorado. Lo mismo dijo la revisión de AAPOR sobre los sondeos estatales de Estados Unidos en 2016: el problema estaba en cómo se corregía la muestra, no en cuánta gente se preguntaba.

La cocina: dónde se decide de verdad el resultado

Como la muestra sale torcida, hay que enderezarla. A eso se le llama cocina, y no es una acusación: es el trabajo. El problema es que la cocina no se publica y ahí caben todas las decisiones que importan.

Van tres ingredientes.

1. El recuerdo de voto

Para saber si tu muestra está sesgada, le preguntas a la gente qué votó la última vez y lo comparas con el resultado real. Si te sobran votantes de un partido, pesan menos. Si te faltan, pesan más.

Suena impecable. Tiene un agujero del tamaño de un camión: la gente miente y, sobre todo, recuerda mal. Es un fenómeno medido desde hace décadas en todas las democracias: el recuerdo de voto siempre engorda al que ganó y adelgaza al que se hundió. Nadie recuerda haber votado al partido que acabó en los juzgados.

Así que estás corrigiendo tu muestra con una vara de medir que también está torcida. Y la decisión de cuánto te fías de esa vara la toma una persona, en un despacho, sin explicártelo.

2. Quién va a ir a votar

Este es el más gordo y el que menos se cuenta. Una encuesta no reparte los votos de todos los que contestan: reparte los de quienes el instituto estima que van a acercarse a la urna. Mueve ese filtro dos puntos y los escaños bailan.

El 23-J era en julio, con medio país de vacaciones y más de dos millones de solicitudes de voto por correo, un récord histórico. Nadie tenía una serie histórica para eso. Nadie sabía quién iba a votar. Pero las horquillas se publicaron igual, con la misma seguridad de siempre, porque una encuesta que dice «no lo sé» no vende titulares.

3. El titular

Y llegamos a la última cocina, la que hace el medio y no el instituto.

Un sondeo entrega una horquilla: entre 145 y 152 escaños, pongamos. El periódico coge el extremo que le sirve. Coge la comparación que le sirve: contra el sondeo anterior si sube, contra el de hace tres meses si no. Y elige el verbo. Se dispara. Se consolida. Resiste. Se desploma.

Del mismo Excel salen tres portadas distintas. Ya lo has visto: la misma tanda de datos, un periódico titulando que el gobierno remonta y otro que se hunde. Los dos con razón técnica. Los dos vendiéndote una película.

La ficha técnica es lo único que separa una encuesta de un titular

Está al final, en cuerpo seis, y por eso está ahí. Cuando la encuentres, mira esto:

  • Quién paga. Si el sondeo lo encarga el propio medio o un partido, no lo descartes, pero anótalo.
  • Las fechas de campo. Un sondeo con trabajo de campo de hace diez días es arqueología si por medio ha habido un debate.
  • El método. Teléfono, panel online, mixto. Un panel online es gente que se apuntó voluntariamente a responder encuestas. No es un espejo de la sociedad.
  • El tamaño real de las submuestras. Mil entrevistas para toda España están bien. Repartidas por provincias son treinta personas decidiendo lo que pasa en Cuenca.
  • Si dice cómo ha ponderado. Aquí es donde casi todas callan.

Al CIS se le lleva zurrando años por su cocina, y buena parte de las collejas están merecidas. Pero el CIS publica los microdatos y la intención directa de voto junto a la estimación. Puedes ver el guiso y los ingredientes por separado. La mayoría de los institutos privados te sirven el plato y se llevan la receta a casa.

Es curioso lo poco que se menciona eso en los artículos que se indignan con el CIS.

Una encuesta sin ficha técnica no es una encuesta: es alguien contándote lo que le gustaría que pasara, con decimales para que parezca serio.

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