Lleva días circulando como si fuera una noticia: el fin de los influencers. Bloqueos en masa, listas de cuentas a las que dejar de seguir, gente contando en vídeo que ha limpiado su feed de todos los que «no aportan nada».
Y a mí me parece bien. Que cada uno siga a quien quiera y deje de seguir a quien quiera es exactamente para lo que sirve el botón. Lo que no me trago es cómo se está contando.
Se cuenta como una revuelta y es un despido
El relato es que la audiencia se ha hartado y ha dicho basta. Suena a levantamiento. Pero para que alguien tenga medio millón de seguidores, medio millón de personas han tenido que darle a seguir, una a una, y volver cada día a ver qué había subido.
Nadie se hace famoso en redes por decreto. Se hace famoso porque le miran. Así que esto no es una audiencia derrocando a un impostor: es una audiencia despidiendo a alguien que ella misma contrató.
Lo cual está perfectamente bien. Pero entonces la frase honrada no es «esta gente no aporta nada». Es «he estado dos años mirando a alguien que no me aportaba nada». Y esa versión no se comparte igual.
El pacto que se ha roto
Debajo de todo esto hay algo real, y conviene separarlo del ruido.
Lo que se rompe cuando estalla un escándalo de estos no es la calidad del contenido, que era la misma la semana pasada. Es un acuerdo tácito: tú finges que esto es tu vida y yo finjo que te conozco. Cuando aparece la grieta —el patrocinio no declarado, la casa que no era suya, la historia que no era como la contaba—, no se rompe una carrera. Se rompe la ilusión de intimidad.
Por eso la reacción es tan desproporcionada respecto al pecado. A un presentador de televisión que mentía en un anuncio nadie le dedicaba una semana de indignación. A este sí, porque el espectador sentía que era amigo suyo.
Antes la fama tenía portero
Y hay otra cosa que se dice poco porque queda feo decirla. En esto hay envidia, y bastante.
Cuando la fama la repartía la televisión, para llegar hacía falta un enchufe, un casting o una productora, y eso daba una excusa cómoda: no llegué porque el sistema estaba cerrado. Ahora el sistema está abierto. Cualquiera puede grabar con el móvil. Y cuando alguien lo consigue haciendo algo que a ti te parece una tontería, mientras tú trabajas de sol a sol, escuece.
Escuece de verdad, y es humano. Pero es una emoción tuya, no un juicio sobre el trabajo del otro.
Lo que va a pasar ahora, que ya lo sabemos
Esto no es la primera vez. Cada temporada aparece uno al que le toca, se le dedican dos semanas de escarnio colectivo, se le retiran las marcas, y luego el ciclo busca al siguiente. No hay un final: hay un turno.
Y el desenlace es siempre el mismo, que es lo más divertido del asunto: quien mejor articula la crítica contra los influencers acumula audiencia haciéndolo. Sube vídeos explicando por qué esa gente no aporta nada, la gente le sigue, crece, le llegan marcas.
Al final del ciclo, el que denunciaba el oficio se ha convertido en el oficio.
Qué haría yo con esto
Si de verdad te sobra ese contenido, el gesto útil no es el bloqueo con captura y publicación. Es dejar de mirarlo, en silencio, sin contárselo a nadie. El bloqueo comentado sigue siendo atención, y la atención es lo único que se cobra aquí.
Y si lo que te molesta es que la persona miente sobre lo que le pagan, eso ya no es cuestión de gusto: es publicidad encubierta, hay una ley que la regula y hay dónde denunciarlo. Ahí sí se puede hacer algo que no dependa de que a la audiencia le siga apeteciendo indignarse.