Las ocho de la tarde del 23 de julio de 2023. Los platós llevaban semanas montados sobre la misma idea: mayoría absoluta de PP y Vox, cambio de gobierno, la única duda era por cuánto. Los tertulianos tenían escrito el guion. Algunos hasta llevaban preparado el análisis del día después.
Entonces empezó el escrutinio.
PP: 137 escaños. PSOE: 121. Vox: 33. Sumar: 31. Los números están donde han estado siempre, en infoelectoral.interior.gob.es, y cualquiera puede comprobarlos. La suma de la derecha se quedaba corta. Y en directo, en horario de máxima audiencia, medio país vio cómo un consenso de meses se deshacía en hora y media.
Al día siguiente nadie escribió el artículo que tocaba escribir. El titular obvio era: «Nos equivocamos, y esto es cómo». En su lugar hubo dos semanas de «el efecto Feijóo», «la movilización de última hora», «los votantes decidieron en la cabina». Cualquier cosa antes que mirar el propio trabajo.
El histórico está publicado. Es que nadie lo abre
Aquí viene la parte que te van a ahorrar. Todo lo necesario para evaluar a cada empresa demoscópica es público:
- La estimación final que publicó cada casa antes de cada elección. Está en la hemeroteca del medio que la encargó.
- El resultado real, escaño a escaño y voto a voto, en el portal del Ministerio del Interior.
- En el caso del CIS, además, los microdatos: el fichero con las respuestas crudas, descargable gratis en cis.es.
Restar una cosa de la otra es una tarde de hoja de cálculo. Sale un error medio por empresa y por partido. Y sale algo que no se comenta en ninguna tertulia: los errores no son aleatorios.
Si fueran ruido estadístico, cada casa se pasaría unas veces por arriba y otras por abajo, y a la larga se compensaría. No pasa eso. Cada empresa tiende a inflar a los mismos y a desinflar a los mismos, elección tras elección. El CIS lleva años quedándose corto con el PP; en julio de 2023 llegó a dar al PSOE por delante en voto, cuando el PP acabó ganando. Otras casas llevan igual de tiempo pasándose con la derecha: en 2016 casi todas dieron el famoso sorpasso de Unidos Podemos al PSOE, que no ocurrió, y se quedaron cortísimas con un PP que subió hasta 137 escaños.
Un error que se repite en la misma dirección no es un error. Es un ajuste.
Qué es la cocina, y por qué existe de verdad
Vamos a ser justos, porque aquí hay mucho conspiranoico suelto y el asunto tiene una explicación técnica legítima.
Cuando una empresa llama a 3.000 personas, lo que recoge es el voto directo: lo que la gente dice. Ese número crudo es inservible tal cual, y lo es por un motivo demostrado desde hace décadas en investigación de encuestas: la gente miente sobre su voto, y miente de forma predecible.
Pregunta a la gente a quién votó en las anteriores. Suma las respuestas. Te saldrá que el partido que ganó sacó bastante más de lo que sacó. La memoria se reordena para quedar del lado bueno. Hay gente que dice que no lo tiene decidido cuando lo tiene decidísimo. Hay quien se avergüenza de su papeleta delante de un desconocido con auriculares. Y hay quien jura que va a ir a votar y luego se queda en la playa.
La cocina es el conjunto de correcciones que convierte ese barro en una estimación: se pondera por recuerdo de voto, se aplica una probabilidad de ir a votar, se reparten los indecisos según simpatías declaradas. Sin cocina, ninguna encuesta serviría para nada. El problema no es que exista.
La línea donde deja de ser estadística
La línea está en un sitio bastante concreto, y es este: cuando los coeficientes no se publican.
Si una casa dice «al partido X le aplicamos un factor de corrección por recuerdo de voto de tanto, porque en las tres últimas elecciones sus votantes se declararon en tal proporción», eso es método. Se puede discutir, replicar y auditar. Si lo que hay es una estimación que aparece de la nada y se aleja del dato bruto mucho más de lo que ningún margen de error justifica, y nadie enseña cómo se ha llegado hasta ahí, entonces la cocina ha dejado de ser estadística.
Ahí ya es opinión con decimales.
Y ojo con el mantra de que «el CIS es el malo». El CIS tiene un pecado que las privadas no tienen —lo paga tu bolsillo— y una virtud que las privadas tampoco tienen: publica las respuestas crudas para que cualquiera lo desmienta. Sigma Dos, GAD3, 40dB, NC Report… ninguna te enseña el fichero. Puedes despellejar al CIS con sus propios datos. Con el resto, te toca creerte el titular.
Y luego está quién publica qué
Este es el detalle que remata la faena. Cada gran encuestadora trabaja habitualmente para un medio: Sigma Dos con El Mundo, GAD3 con ABC, 40dB con El País, NC Report con La Razón. No hace falta ningún pacto oscuro. Basta con que un periódico encargue tres oleadas y publique con más entusiasmo la que confirma la línea de la casa.
Por eso puedes leer el mismo lunes dos portadas con dos países distintos dentro. Y por eso los cinco días previos a la votación, en los que la ley prohíbe publicar sondeos, son los más honestos del calendario: es cuando el lector deja de recibir números que no puede verificar.
Lo que puedes hacer tú cuando te crucen una encuesta: busca el dato de voto directo antes de la cocina, mira las fechas de campo (una encuesta de hace tres semanas es arqueología), mira el tamaño de la muestra por comunidad autónoma —la mayoría de estimaciones de escaños se hacen con submuestras ridículas— y pregúntate quién la ha pagado. Con eso ya vas mejor armado que el 90% de los que la comentan en televisión.
El escándalo de las encuestas no es que fallen: es que fallan siempre hacia el mismo lado, cualquiera puede comprobarlo gratis en una tarde, y los que cobran por contártelo llevan años sin hacerlo.