«Los cazadores recolectores trabajaban unas 17 horas a la semana». La frase circula por media internet, con una foto de la sabana y una ironía sobre tu jornada de oficina.
Cuántas horas trabajaban los cazadores recolectores es una pregunta que internet da por contestada desde hace años: quince, diecisiete, como mucho veinte horas a la semana. La última vez que la vi fue en un vídeo animado de Ink Explainer publicado el 21 de agosto que ya pasa de los diez millones de visitas. El vídeo, para ser justos, cita su fuente. El problema es lo que la fuente mide y lo que se deja fuera, porque el dato que se comparte es la mitad buena de la historia.
Vamos con los papeles.
¿Cuántas horas trabajaban los cazadores recolectores según Richard Lee?
En 1963 el antropólogo Richard Lee se fue al noroeste de Botsuana a convivir con los ju/’hoansi, a los que entonces casi todo el mundo llamaba !kung. En 1964 hizo algo que nadie había hecho con tanto detalle: durante cuatro semanas apuntó cada día quién salía del campamento de Dobe a buscar comida, cuánto tiempo estaba fuera y qué traía.
Le salió que un adulto dedicaba a eso unos dos días y medio por semana. Pasado a horas, entre doce y veinte, según quién haga la cuenta. Lo publicó en 1968, en el libro colectivo Man the Hunter, y el dato se convirtió en munición contra la idea del salvaje hambriento que vivía con el agua al cuello.
Hasta aquí, todo correcto. Ahora viene lo que el meme no cuenta.
Lo que se queda fuera de las 17 horas
La cifra de Lee mide la búsqueda de comida. Salir, cazar, recolectar, volver. No mide lo que pasa después, y en el Kalahari lo que pasa después es mucho.
El fruto que sostenía la dieta de los ju/’hoansi, el mongongo, tiene una cáscara durísima. Hay que tostarlo y cascarlo a golpe de piedra, uno a uno. La caza hay que despiezarla. El agua hay que acarrearla. La leña también. Las flechas, los palos de cavar y las bolsas se hacen a mano y se rompen.
En 1981 Kristen Hawkes y James O’Connell, que habían trabajado con los alyawara del centro de Australia, lo pusieron por escrito en American Anthropologist: si se cuenta el procesado de la comida, el tiempo de trabajo de los cazadores recolectores se dispara y la famosa abundancia de ocio se encoge mucho.
Lo más interesante es que el propio Lee volvió sobre sus números. En su libro de 1979, The !Kung San: Men, Women and Work in a Foraging Society, sumó a la búsqueda de comida la fabricación de herramientas y las tareas de casa. La semana de trabajo quedó en 44,5 horas para los hombres y 40,1 para las mujeres. Esa cifra no sale en ningún meme.
La técnica tiene nombre
Se llama selección interesada del dato. Coges una medición real, la sacas de su contexto y la comparas con algo que no se midió igual. Las 17 horas del Kalahari se ponen al lado de tus 40 horas de oficina, pero tus 40 horas no incluyen hacer la compra, cocinar, fregar ni arreglar el grifo. Si sumas todo eso, la comparación justa es otra.
En 2000 el antropólogo David Kaplan dedicó un artículo entero, «The Darker Side of the «Original Affluent Society»», a repasar las dudas que los propios especialistas habían puesto sobre la mesa: cuánto trabajaban de verdad, si comían lo suficiente y qué demonios significan «trabajo» y «ocio» en una sociedad donde cascar nueces junto al fuego mientras charlas es las dos cosas a la vez. Y se preguntaba por qué la tesis había gustado tanto pese a esas reservas.
Un mes, un desierto y un grupo concreto
Hay un tercer problema, más de fondo. Los cazadores recolectores que los antropólogos pudieron observar en el siglo XX vivían en sitios que nadie más quería, como el Kalahari, y llevaban décadas tratando con pastores y agricultores vecinos. Frank Marlowe, que estudió a los hadza de Tanzania, lo resumía en un repaso de 2005: son la única observación directa que tenemos de gente que vive sin agricultura y valen muchísimo, pero pueden ser una muestra sesgada. Extrapolar cuatro semanas de 1964 a toda la prehistoria es mucho extrapolar.
Lo que sí aguanta
Nada de esto convierte a los ju/’hoansi en esclavos del trabajo. Las críticas apuntan a algo más concreto: la cifra de 17 horas no responde a la pregunta que el meme cree que responde. Lo que sí parece sólido es otra cosa: el trabajo estaba repartido en el día de otra manera, se hacía en grupo y mezclado con la conversación, y nadie tenía un jefe esperando el informe del viernes.
Veredicto: las 17 horas son un dato real usado como si fuera la cuenta completa, y el autor del dato fue el primero en corregirla.