Domingo, 8 de septiembre de 2002. El New York Times abre con que Sadam Husein está comprando tubos de aluminio para fabricar una bomba nuclear. ¿La fuente? «Funcionarios de la Administración». Sin nombre.
Esa misma mañana, Dick Cheney se sienta en el plató de Meet the Press. Le preguntan por el programa nuclear iraquí. Y el vicepresidente señala la portada del Times de ese día.
El círculo cabe en una línea: el Gobierno filtra a un periódico, el periódico lo publica sin nombres, y el Gobierno sale en televisión citando al periódico como si fuera alguien de fuera confirmándole.
Dos años después, el propio diario publicó una nota de sus editores reconociendo que se había apoyado demasiado en informantes con agenda propia y en funcionarios que hablaban sin dar la cara. Llegaba tarde para todo lo que ya había pasado.
Lo raro no es que exista el anonimato. Lo raro es lo poco que te cuentan de él
No estoy pidiendo que los medios dejen de proteger a sus fuentes. Sin anonimato no habría salido ni un caso de corrupción en este país. Un funcionario que enseña un expediente se juega el sueldo, y a veces más.
El problema es otro. Los propios medios tienen escrito, negro sobre blanco y publicado, cuándo se puede tapar un nombre. Y luego abres el periódico.
Las tres condiciones se repiten en casi todos los manuales, del de Associated Press a las normas de integridad del New York Times, pasando por el libro de estilo de El País o el manual de RTVE:
- Hechos, no opiniones. Se protege a quien aporta un dato comprobable. No a quien quiere insultar a alguien desde detrás de una cortina.
- Alguien más tiene que saber quién es. El redactor no se guarda la identidad para él: su jefe la conoce y responde de ella. En la redacción esa fuente tiene nombre y apellidos.
- Al lector se le explica el motivo. «Una fuente que pide no ser identificada porque no está autorizada a hablar del asunto». Esa frase incómoda es la que te permite juzgar.
Ahora haz una cosa. Coge las portadas de esta semana, las cinco que quieras, y marca cada pieza que se sostiene únicamente en gente sin nombre. Después subraya en cuántas de ellas te han explicado por qué no lo dan.
No te doy yo el número. Cuéntalo tú, que es más divertido y no me lo vas a discutir.
La escala: qué te están diciendo cuando no dicen nada
Todas las fórmulas suenan igual de serias. No lo son. Aquí va la traducción.
| Lo que lees | Quién puede ser | Cuánto vale |
|---|---|---|
| «Fuentes del ministerio», «fuentes de la investigación» | Alguien de dentro, con acceso real y con interés en que eso salga hoy | Bastante, si además te cuentan por qué no firma |
| «Fuentes cercanas al caso» | El abogado de una de las partes, un familiar, alguien del entorno | Poco. Cercano quiere decir fuera |
| «Según ha podido saber este diario» | El medio pone su propia firma como aval | Depende de cuánto te fíes de ese medio |
| «Fuentes solventes», «fuentes autorizadas» | El adjetivo se lo ha puesto quien escribe | Nada. Es una nota que se pone uno mismo |
| «Se ha sabido», «ha trascendido», «todo apunta a» | Nadie | Cero |
Fíjate en la última fila. La pasiva sin sujeto es el gran invento del oficio: «ha trascendido» no tiene autor, así que no hay a quién pedirle cuentas mañana. Si el dato revienta, la frase no era de nadie.
El uso que ningún manual permite y ves cada semana
Hay un tipo de anonimato que está prohibido en todos los libros de estilo y se publica igual: el que sirve para atacar.
«Fuentes del partido consideran que el candidato está acabado». «En el entorno del club describen al entrenador como un tipo desbordado».
Eso no es proteger a un testigo. Es alquilar una tribuna. Alguien que quiere el puesto de otro le mete un puñetazo gratis en un periódico, y el periódico le sostiene el guante. El coste para quien golpea es cero. El coste para el golpeado es su carrera.
Y cuando la fuente sale gratis, vuelve. Se convierte en cliente habitual. El periodista que la protege deja de escribir sobre ella, porque quemar a un contacto que te da tres exclusivas al mes sale carísimo. Ahí es donde el anonimato deja de servir al lector y empieza a servir al que filtra.
Qué haces tú con esto
Cuando te topes con una fuente sin nombre, tres preguntas y sigues leyendo:
- ¿Te dicen por qué no se identifica? Si no, o no se lo preguntaron o la respuesta daba vergüenza.
- ¿La fuente está dentro o al lado? «Del ministerio» y «cercana al ministerio» no juegan en la misma liga.
- ¿Qué gana esa persona con que tú leas eso hoy? Nadie filtra por amor al público.
Con eso separas al funcionario que arriesga el empleo del asesor que está haciendo su trabajo, que consiste exactamente en llamar a un periodista.
El anonimato es una excepción que el medio te tiene que justificar cada vez; cuando llega sin explicación, lo que estás leyendo no es información protegida, es un recado.