Cualquier martes, a media mañana. En la bandeja de entrada de una redacción entra un correo con el asunto en mayúsculas y una palabra mágica: EMBARGO HASTA LAS 12:00. Dentro, un documento de dos folios. Titular sugerido. Subtítulo sugerido. Tres párrafos de contexto. Una cita del director general entrecomillada y lista para pegar. Y al final, tres fotos en alta resolución, «material gráfico disponible para su uso libre».
A las doce y cuarto ya hay siete noticias publicadas. Todas usan el mismo adjetivo raro. Ese que nadie usa al hablar.
Ya lo ves venir.
La prueba te la puedes hacer tú, y tarda menos que un café
No hace falta creerme. Te doy el procedimiento y lo repites cuando quieras:
- Coge una noticia de hoy sobre una empresa, un ministerio, un ayuntamiento, una universidad o una patronal.
- Busca la cita entrecomillada del directivo o del cargo público. Copia una frase entera, de ocho o diez palabras.
- Pégala en Google entre comillas. Las comillas obligan al buscador a devolver solo coincidencias exactas.
- Mira cuántos medios devuelve. Y mira las horas de publicación.
- Ahora entra en la sala de prensa del emisor: la web corporativa, el gabinete del ministerio, las notas de prensa de Moncloa. Busca el documento original.
Lo que vas a encontrar casi siempre: la nota está ahí, colgada, con fecha anterior a todas las noticias. Y no coincide solo la cita. Coincide el orden de los párrafos. Coincide el dato que eligieron poner primero. Coincide el gerundio de la frase tercera, que además está mal construido en las siete versiones exactamente igual.
Esto tiene nombre y tiene estudios
En inglés lo llaman churnalism, de churn out, producir en cadena. Lo popularizó el periodista Nick Davies en Flat Earth News, en 2008, apoyándose en un trabajo de la Universidad de Cardiff que se puso a medir de dónde salía el material de la prensa nacional británica. El resultado que sacudió a la profesión: alrededor de seis de cada diez piezas analizadas estaban compuestas total o mayoritariamente de teletipos y material de relaciones públicas, y solo algo más de una de cada diez procedía enteramente del trabajo del redactor.
Ojo con lo que acabo de decir, porque aquí es donde a otros se les va la mano: eso es Reino Unido y es 2008. No es España y no es hoy. Nadie ha hecho ese recuento con esta rigurosidad en la prensa española reciente, y yo no voy a inventarme una cifra patria para que quede redonda. Lo que sí puedes hacer es la prueba de las comillas veinte veces seguidas y sacar tus conclusiones sobre tu dieta informativa concreta.
El otro dato que ayuda a entender el paisaje viene del mercado laboral. En Estados Unidos, los recuentos sobre estadísticas oficiales de empleo llevan años situando la proporción en torno a seis profesionales de relaciones públicas por cada periodista en activo. Seis contra uno. Un lado del tablero contrata, el otro lado hace expedientes.
Y ahora la parte incómoda: no es que estén comprados
Aquí es donde suele aparecer el cuñado de turno con la teoría del sobre. Falso, y además es una explicación perezosa.
Lo que pasa es aritmética. Una redacción que hace quince años tenía cuarenta personas hoy tiene dieciocho, y esas dieciocho tienen que alimentar la web, el directo, el vídeo vertical, el boletín de la tarde y la edición en papel si queda. La cuota diaria por cabeza no ha bajado: ha subido. Y una nota de prensa es, para alguien con seis piezas pendientes y dos horas de margen, un regalo envenenado: viene escrita, viene con foto, viene con cita, no da guerra y no se queja.
El gabinete lo sabe. Por eso las notas buenas ya no vienen escritas como un anuncio: vienen escritas como una noticia. Con titular periodístico, con pirámide invertida, con el dato en la entradilla. Están redactadas para que puedas publicarlas sin tocar una coma. Es un trabajo excelente, técnicamente. Es el mejor caballo de Troya del oficio.
Cómo huele una nota reciclada
- La cita larguísima y perfecta. Nadie habla así. Si el consejero delegado suelta cuarenta palabras sin un «eh» y encerrando tres mensajes de marca, eso se escribió en un Word.
- Cero repregunta. Aparece una afirmación fuerte y detrás no hay nadie preguntando «¿comparado con qué?».
- El dato sin denominador. «Crecimiento del 200%». ¿Sobre cuánto? Si no lo dice, no lo dijo la nota.
- La foto cedida. Mira el pie. «Imagen: cortesía de la compañía» es una confesión.
- El bloque horario. Ocho publicaciones en veinte minutos no es ocho redacciones teniendo la misma idea a la vez.
- El adjetivo huérfano. «Pionera», «referente», «disruptiva». Palabras que solo se usan cuando alguien paga por que se usen.
Lo que sí distingue a un periodista de un reenviador
Que la nota entre en la redacción no tiene nada de malo. Es materia prima. El problema es qué pasa después.
Un periodista coge la nota, llama al competidor para ver si el dato le cuadra, busca la cifra del año anterior para saber si ese récord es un récord o una recuperación, mira si la «inversión de 40 millones» incluye subvención pública, y pone en el titular la parte que el gabinete había escondido en el párrafo noveno. Sale otra noticia. A veces sale la noticia contraria.
Eso cuesta cuatro horas. La opción del copiar y pegar cuesta once minutos. Cuando tienes seis piezas pendientes, el problema no está en la moral de nadie: está en el cronómetro.
Así que haz la prueba de las comillas. Y cuando encuentres un medio que sí llamó, que sí trajo el dato que faltaba, que sí puso el «pero», acuérdate del nombre. Ese trabajo cuesta dinero y por eso escasea.
Si la frase que estás leyendo aparece igual en otros seis periódicos, no la escribió ninguno de los seis: la escribió quien sale beneficiado, y tú te la has leído creyendo que era información.