«El único indio bueno es el indio muerto». General Philip Sheridan.
Quién dijo «el único indio bueno es el indio muerto» parece una pregunta con respuesta de un clic: Sheridan, el de la caballería, y a otra cosa. Así aparece en cientos de webs de citas, en hilos virales y, este otoño, en vídeos cortos como este del Institute for Hispano Studies, que la usa para retratar la expansión angloamericana. A otros se la cuelgan a Theodore Roosevelt. Ya te adelanto que ninguna de las dos versiones aguanta tal cual una comprobación de diez minutos. Y que lo que sí está documentado no deja mejor a ninguno de los dos.
Quién dijo «el único indio bueno es el indio muerto»: la versión de Sheridan
La escena es esta. Enero de 1869, Fort Cobb, en el actual Oklahoma. Un jefe comanche, Tosawi, se presenta ante Sheridan con un «Tosawi, indio bueno». Y Sheridan, con una sonrisa, le habría contestado: «Los únicos indios buenos que he visto estaban muertos».
¿Fuente? Un solo testigo, el oficial Charles Nordstrom. ¿Cuándo se publicó? En 1895, en un libro de Edward Ellis, siete años después de que Sheridan muriera. Sheridan negó en vida haberlo dicho, y su hermano Michael, también general, repitió la negativa después. Lo cuenta con detalle el historiador Toby Joyce en History Ireland.
Un testigo único, publicado tras la muerte del acusado y negado por él. En cualquier redacción seria eso se escribe con un «se le atribuye» bien gordo. En internet se escribe con su foto.
El que sí lo dijo en el Congreso, y nadie se acuerda
Aquí viene lo que las webs de citas se saltan. El 28 de mayo de 1868, meses antes de Fort Cobb, el congresista de Montana James Michael Cavanaugh soltó en la Cámara de Representantes: «Me gusta más un indio muerto que vivo… Nunca en mi vida he visto un indio bueno, salvo cuando he visto un indio muerto». Eso está en el registro de sesiones, no en las memorias de nadie.
El folclorista Wolfgang Mieder, de la Universidad de Vermont, dedicó un estudio entero al dicho en el Journal of American Folklore en 1993 (ficha del artículo). Lo documenta circulando como proverbio desde la década de 1860 y repasa cómo Sheridan fue quedando como su supuesto autor. La hipótesis de Joyce va en la misma línea: el dicho corría por la frontera de Montana a finales de los sesenta y acabó pegado al general famoso en lugar de a sus autores anónimos. Pasa con casi todas las frases redondas: se las queda el que tiene el nombre más conocido.
Lo de Roosevelt sí está documentado, y es peor
A Theodore Roosevelt también le cuelgan la frase, y la que dijo de verdad no mejora la cosa. En enero de 1886, en una conferencia en Nueva York, soltó esto:
«No llego a pensar que los únicos indios buenos sean los indios muertos, pero creo que nueve de cada diez lo son, y no me gustaría indagar demasiado en el caso del décimo».
La recoge Hermann Hagedorn en Roosevelt in the Bad Lands (1921), y la propia biblioteca presidencial de Theodore Roosevelt la reconoce en su página de citas falsas: la frase corta no es suya, la larga sí. Fíjate en el detalle, porque es el bueno: en 1886 Roosevelt cita el dicho como algo que todo el público conoce. Hacía falta que estuviera muy extendido para poder matizarlo con un chiste.
La prueba de que en 1892 ya se lo atribuían a «un gran general»
Seis años después aparece la pieza que explica cómo se fue pegando el nombre. Richard Henry Pratt, fundador del internado indígena de Carlisle, dijo en 1892 en una conferencia nacional sobre caridad: «Un gran general ha dicho que el único indio bueno es el indio muerto». Y a continuación su famoso «mata al indio que hay en él y salva al hombre», que es el lema del sistema de internados que el Gobierno de Estados Unidos acabó reconociendo con una disculpa presidencial en 2024.
O sea: en 1892 el dicho ya tenía un general asignado, sin nombre, y a alguien con micrófono le bastaba con eso.
Que no te vendan la absolución tampoco
Ojo con el rebote, que también circula. «Sheridan no lo dijo, así que era un señor estupendo». Tampoco. Sheridan dirigió la campaña de invierno de 1868-1869 contra los pueblos de las llanuras, la del ataque de Custer al campamento cheyene del río Washita en noviembre de 1868, y defendió destruir aldeas y reservas de comida para forzar la rendición. Que una frase concreta no esté probada no limpia una hoja de servicios. Son dos cuestiones distintas, y mezclarlas en cualquiera de los dos sentidos es hacerte trampas.
La técnica de manipulación aquí tiene nombre: atribución cómoda. Coges un dicho anónimo y feo, se lo pegas al personaje que mejor encaja con tu relato, y el lector, que ya sospechaba de ese personaje, no comprueba nada. Funciona en las dos direcciones, para hundir a un bando o para blanquearlo.
Veredicto: la frase corta no tiene autor probado, Sheridan la negó y el registro firme más antiguo que se cita es de un congresista de Montana en 1868; lo que Roosevelt dijo en 1886 sí está documentado.